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lunes, 26 de enero de 2004

Pequeñas tragedias I

La costa oceánica de Maldonado, en el este de Uruguay, puede llegar a ser paradisíaca, siendo su balneario más destacado y conocido el de Punta del Este, una lengua de tierra a orillas del Atlántico. Sin embargo, en las cercanías hay muchos otros, más pequeños y mucho más tranquilos que también se benefician con la caricia del mar, donde una tranquilidad fuera de lo común, lejos del bullicio, hace creer que no existieran los problemas y las preocupaciones.

Grandes casas, y espléndidas mansiones, aparecen por doquier, como islas que dominan grandes jardines y parques verdes, que le disputan el espacio a la floresta circundante. Muchas de estas residencias, algunas de ellas palaciegas, y contra toda lógica, son ocupadas sólo una pequeña porción del año, durante los meses de verano, por aquellos afortunados que, desesperados por el diario trajín, buscan alejarse de las presiones y ambiciones, para encontrarse con un remanso de paz y naturaleza, lejos de todo. Sin embargo, es muy raro toparse con una sensación de abandono, ya que aparecen siempre bien cuidadas gracias a la incansable tarea de los caseros de turno.

Hace muchos años, en el lugar donde transcurre esta historia, se levantaba un frondoso árbol de unas jóvenes treinta primaveras. En esa época, en que mis abuelos era apenas unos niños, el paisaje era muy distinto. Punta del Este era apenas algo más que un villorrio que recién comenzaba a poblarse, y la vegetación crecía sin ningún tipo de competencia, o perturbación humana.

Con el correr del tiempo, y acompañando el paulatino y continuo crecimiento de Punta del Este, tanto ésta, como los espacios circundantes se fueron poblando, a la vez que los espacios nativos disminuían.

Curiosamente, la expansión respetó a este árbol. Aunque no por mucho tiempo... su tranquilidad solo duró unos 60 años más, antes que la sombra del hombre lo cubriera. Hace ya unos 8 años, debido al peligro que representaban sus enormes y largas ramas, fue talado y arrancado de raíz. Quedando a un lado de donde antes se levantaba el frondoso árbol, el tocón con las raíces, como mudo testigo de una vida que ya no existe.

Aunque no todo se perdió. Un par de años después, albergaría vida nuevamente... no propia, sino en el cuerpo de una floreciente colonia de termitas. Estos pacíficos moradores, excavarían amplias y largas galerías, y abrirían su cámara principal en el centro del viejo tronco.

Tampoco ellas conocerán la prosperidad mucho tiempo, ya que serán expulsadas y prácticamente aniquiladas después de una furiosa lucha con otra especie, que también había posado sus ojos en el que era su hogar. Esta lucha pasará desapercibida para los hombres, como tantos otros dramas cotidianos de la naturaleza, así como también el conocimiento de la naturaleza de los nuevos moradores del vecindario, no tan pacíficos como las termitas.

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Rob, un brioso alazán, no sabía que su nombre procedía de un fogoso pura sangre árabe que ganó en su momento muchos derbys en Kentucky, pero respondía sumisa y dócilmente a este nombre, cuando quien lo llamaba era Cecilia, su ama, siempre generosa a la hora de dar terrones de azúcar. Su establo estaba cerca del mar, a pocos kilómetros de Punta del Este, y no sufría de ningún apremio. Conoció a su dueña siendo apenas un potrillo de patas temblorosas, y ella era sumamente cariñosa con él. Lo montaba con delicadeza, y no le había hecho conocer nunca el filo de las espuelas.

En verano, luego de alguna cabalgata a campo abierto, la niña lo llevaba hasta la playa, desmontaba, y luego de unas caricias y unas suaves palabras pidiéndole que regresara pronto a su lado, lo liberaba de sus arneses, de manera tal, que Rob podía correr casi libremente por las blancas y finas arenas de la costa, mientras la niña lo miraba, con los ojos brillantes de alegría. Al final de la jornada, de vuelta en el establo, sudoroso y cansado, era cuidadosamente bañado, y Cecilia en persona se encargaba de cepillar sus doradas crines, con tanto amoroso cuidado, que era comparable a una madre cuidando de un hijo.

En su caballeriza nunca le faltaba pienso seleccionado, pero a pesar de esto, y aunque no podía quejarse de su diario alimento, nada podía compararse con los tiernos pastos que estaban brotando en esa temprana primavera.

Así pues, estaba Rob aprovechando los últimos momentos de calma absoluta que preceden a la temporada alta. Su idea de la felicidad era una manta tibia en invierno, y un lugar de pastos tiernos y verdes donde poder retozar y alimentarse... y el verde parque frente a la residencia "Anathel" cumplía con estos requisitos. Así que atado de una larga cuerda, para evitar cualquier accidente con algún circunstancial automovilista, se dedicaba mansamente a tan placentera actividad.

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El día estaba fresco, ya que el invierno no se decidía a marcharse todavía y hacía notar sus últimos embates. Fue por esto, que un imprevisto y helado viento sorprendió a una solitaria abeja que regresaba al calor de su colonia. Era de una raza extraña, sumamente oscura y peluda, y un poco más grande de lo normal; y también, aunque esto no era apreciable a simple vista, contaba con una provisión de veneno mucho más mortífero que el de otras especies... y era mucho más propensa a usarlo.

Faltaban todavía algunos metros para llegar al fin de su vuelo, pero aterida y temblando solo llegó a posarse sobre los cuartos de Rob. Éste, solo atinó a tratar de espantar a la molesta visitante usando su cola, pero lo único que consiguió fue que el agresivo insecto se sintiera amenazado, y le clavara su dentado aguijón, acto que como es sabido, no tiene vuelta atrás.

Desesperada defensa. Defensa que va a costarle la vida, pero diseñada en aras del bien de la colonia, no del individuo. Entre furiosos aleteos, destinados tanto a alejarla del peligro, como a alertar a sus hermanas de un inminente ataque, forcejea para liberar su estilete, con el único resultado de desprender su aparato digestivo y comenzar su agonía, ya que todavía se encontraba lejos de la colmena...

El súbito piquete, nuevo para él, altera e irrita a Rob, y le deja un profundo escozor, que lo molesta sobremanera, y no pudiendo deshacerse de la repentina picazón, se ve impulsado a rascarse contra la rugosa superficie del tocón, casi al límite de la longitud de la cuerda.

Mala idea... las vibraciones sobre la madera, molestan y alertan a los moradores del interior, y la perturbación mueve a algunos de ellos a salir en busca de la potencial amenaza, localizándola al punto, en la oscura mole de Rob.

Sin dudarlo un instante, movidas por puro instinto, se dirigen, feroces, a combatir el peligro.

Son abejas, hermanas de la que originalmente picó a Rob... e igual de agresivas. Su furioso zumbido, pronto pone sobre aviso al resto de la colmena, que se ve al instante, presa de gran actividad.

Las primeras picaduras toman por sorpresa a Rob, y casi a la vez siente una decena de punzadas de dolor, que se multiplica pronto, agudo y penetrante como la herida de un afilado estilete. Se encabrita, presa del pánico. Un pánico alucinado que hace que todo el resto del mundo deje de existir. Solo una cosa ocupa su mente: escapar del sufrimiento atroz que parece envolverlo como un manto de pesadilla. La desesperación es tal, que pronto sella su suerte. Una patada, producto de su furiosa lucha contra sus embravecidos atacantes, encuentra como blanco las paredes del viejo tronco, y pronto el caballo se ve rodeado por un oscuro enjambre.

Trata por todos los medios de librarse de la arremetida de las abejas, y no sólo consigue exacerbar más el ataque, si no que irremisiblemente se va enredando en la cuerda. Tiene ya sobre su cuerpo varias decenas de ardientes puñaladas, y el veneno comienza su viaje por el torrente sanguíneo, a la vez que el terror aumenta hasta límites inconcebibles, haciendo que su corazón cabalgue más rápidamente de lo que él nunca pudo hacerlo, y a un paso del colapso.

Pide auxilio con un estentóreo relincho, que es oído por los jardineros de la casa contigua, los que pronto se dan cuenta de la situación. Todos en las cercanías conocían al noble animal. Su relación con Cecilia se remontaba ya a varios veranos, y tanto la niña, como el corcel eran muy queridos, ya que nunca se había visto por esos lados una relación entre bestia y humano tan homogénea y constante. Era como si juntos, formaran un círculo perfecto. Así que despreciando la amenaza de las abejas, uno de ellos llegará a cortar la cuerda que mantiene prisionero al caballo, y a merced de la embravecida horda, pero esta acción no será suficiente. Ya estaba prácticamente inmovilizado entre los muchos lazos de la cuerda, y su resistencia disminuía a la vez que el veneno surtía efecto. Un par de veces logra levantarse del suelo, enloquecido, con los ojos desencajados de terror, los ollares blancos de espuma, y con un dolor lacerante en todo su cuerpo, para volver a caer, exhausto y sudoroso.

Las autoridades, alertadas prontamente, acudieron al lugar. Tres veterinarios, y un grupo de bomberos, lograron aplacar al enjambre con humo, y prestar asistencia a Rob, que presa de la fiebre y espasmódicos temblores, se debatía al borde de la muerte.

Se constataría luego, que eran abejas africanas. Un centenar de abejas bastaban para acabar con la vida del animal, y en la colonia podría haber habido decenas de veces esa cantidad. Nada de lo que hagan los médicos bastará, y la noble bestia encontrará al fin el descanso, luego de una larga agonía, ante los apenados ojos de los presentes, tanto más tristes, por no poder, pese a sus conocimientos, prestarle ayuda.

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¿Cómo llegaron las asesinas, famosas por su temible agresividad? Es un misterio. Lo más probable es que hayan venido desde el Brasil, donde tantas especies se quedan sin hogar a diario. Lo único que se pudo hacer, fue fumigar el lugar, hasta tener la certeza de que no quedaba un solo sobreviviente.

Y luego, aunque esto ya no será competencia de las autoridades, pensar en la forma de decirle a Cecilia, que su más querido amigo, ya no existe, salvo en su recuerdo.

para "Pinocha", sin cuyas vivencias esto no habría sido posible

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