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sábado, 26 de enero de 2002

Mi generación... y la otra

Una vez más te pido disculpas por adelantado.

Una vez más voy a decirte cosas que ya sabés, y que no te gustan.

Una vez más te pido permiso para hermanarte con mis historias, ya que somos tantos los involucrados en ellas, que no puedo evitar generalizar, con los riesgos que eso conlleva.

Una vez más, quiero tratar de explicarte que esto no es un panfleto, que simplemente es un grito de rabia, que busca llamar tu atención para decirte que no estás solo, o sola; o para descubrir que no estoy solo...

Hace un tiempo comencé a “registrar” las conversaciones que mantengo con distintas personas, tanto las trascendentales, como las triviales, ya sean clientes, proveedores, conocidos, la familia, y por supuesto, los amigos.

Un tema común, claro está, es la crisis atroz que atraviesa Uruguay en este año del 2002, pero me llama la atención lo que viene luego...

Mis amigos y conocidos más afines, aquellos que todavía estamos en “los 20”, los que somos de la misma generación tenemos algo que cada vez más, nos hermana. Un denominador común, también, con la generación anterior, la de nuestros padres.

Muchas conversaciones comienzan hablando del presente, el clima, la crisis generalizada, la falta o precariedad del trabajo. Los que se fueron a España, el que terminó en México y el que espera empezar de nuevo en Venezuela ahora nomás, a fin de mes. Los que se fueron a Alemania, y los que consiguieron trabajo bien remunerado, pero en Canadá. La ineptitud y falta de coraje y compromiso de nuestros políticos (más allá del partido que sean), los que fueron despedidos, los que entraron en el Paro, los que enfermaron, los que murieron... cada muchos días, y cada muchísimas conversaciones, aparece una buena noticia (aunque sólo tímidamente buena en la mayoría de los casos) para apartar un tanto los nubarrones.

Luego se pasa, casi invariablemente, a hablar en tiempo pasado...

—Te acordás de aquél tiempo en que éramos una banda de gente? — pregunta uno cualquiera de nosotros.

— Síiiii! Qué bueno que estaba eso!! Te acordás cuando Juan y Martín fueron a...? — se contesta de inmediato, y comienza una interminable conversación que rememora cada suceso, cada detalle, cada color de esos tiempos ya idos e irrecuperables.

Mi generación, y más precisamente mi gente, y yo mismo, nos hemos acostumbrado a hablar del pasado, de esos tiempos lejanos, de esos eventos ocurridos en la primavera del tiempo... hace poco más de cinco años. Cinco años!! Qué nos ha pasado en tan poco tiempo como para terminar en este punto? Dios! Solamente cinco años...

Vamos a entendernos: nunca nadamos en la abundancia, siempre han existido dificultades, y siempre se ha tenido que trabajar duro... pero teníamos algo invalorable: esperanzas y sueños.

Ahora ninguno de nosotros puede hablar del futuro más allá de unos pocos meses, y eso con suerte. Pocos de nosotros tienen perspectivas, y menos aún son los que tienen planes.

Los sueños todavía están, tal vez... pero pisoteados, embarrados, hechos pedazos... y quién puede reconstruirlos, si cada día es una lucha desesperada por sobrevivir, por no enloquecer, por no abandonarse?

El futuro es casi inexistente, o mejor dicho, está teñido de negro; el presente por otra parte, es demasiado sobrecogedor, demasiado deprimente, como para dedicarle más que unas pocas palabras... y entonces nos refugiamos en el pasado.

Incluso nuestros padres, con 50 y más años empiezan a refugiarse en el pasado... para ellos, tal vez, sea peor: porque peor que no tener nada, es haberlo tenido, y haberlo perdido en un visto y no visto. Cincuenta años, una vida de esfuerzos... y aquí están, igual que nosotros que tenemos 30 o 40 años menos: en foja cero, campo raso. Uruguay debe ser uno de los pocos países en los que una persona, trabajando de forma prolija, actualizada y competente, entra en bancarrota a toda velocidad. Cuanto más se trabaja, cuanto más se esfuerza uno, cuanta más agua se trata de achicar, más rápido se hunde el bote... de locos. Esto es Uruguay, hoy. Este es nuestro distintivo más llamativo.

Nosotros tenemos el descreimiento impreso, casi, en la sangre... estamos habituados a las mentiras y a las esperanzas frustradas que nos ha dado el Sistema, sea lo que sea lo que esa palabra signifique. Para ellos es peor, porque durante años albergaron la esperanza de que el Sistema iba a protegerlos, a cuidarlos, aunque fuera mínimamente... pero el Sistema colapsó, o está en vía de ello, y tanto ellos como nosotros acompañamos el movimiento. Peleando con uñas y dientes contra él, pero colapsando también.


Este es Ururugay. Esta es mi generación. La generación de la desesperanza y el exilio...

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