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jueves, 4 de octubre de 2007

Juceca /02

Otro de los cuentos de Don Verídico.

Mujer atropellada

La mujer de Veoveo Festín tenía fama de ser muy atropellada. Y no en balde. Era raro que al sacudir la cama no tirara algo con la sábana, o la enganchara en alguno de los clavos que usaba el marido de percha. No había mañana que a la pasada por la cocina no le pateara el brasero. Le salpicaba las patas con agua caliente y arriba los pollos picaban las brasas del suelo y quedaban con los picos mochos. Atropellada pa cocinar, al dar vuelta la tortilla en el aire dos por tres la dejaba pegada al techo y la tenían que comer con escalera.
— No hagás las cosas a la atropellada, mujer, le decía el marido. Pero era inútil. Si la llamaban de afuera, al salir podía embocar la puerta o no. Solía atravesar las paredes y aparecer del otro lado sacudiéndose los reboques del pelo, como si nada.
Por eso Veoveo se fue hasta el boliche a consultar, y por miedo a que no le creyeran llevó un pedazo de paré de muestra. Lo puso arriba del mostrador, pidió un vino, y cuando le preguntaron pa que andaba con aquel terrón contestó:
— En el rancho tengo mujer atropellada. Por no mirar dónde está la puerta, al salir me traspasa la paré como una humedá. Y como le digo al salir le digo al entrar.
Rosadito Verdoso dijo que en esos casos la mejor es darle con un palo en la nuca y mirar pa otro lado, pero el tape Olmedo, disintió.
— A su rancho lo que le faltan son puertas. Usté va, le hace unas cuantas puertas, y dispués viene y me dice. Difícil que no le salga por alguna
El que más el que menos se ofreció pa’dir y hacerle puertas al rancho. Salieron catorce en un carro, y de pasada se tiraron hasta lo de un tal Anacrónico Bosquejo pa pedirle un serrucho. Cerca de la medianoche, el hombre dormía. Vecino servicial, despertó a la mujer pa que les preparara unos mates y él se fue hasta el galpón de las herramientas a buscar el serrucho. Apareció con un rastrillo, dijo que voluntá le sobraba pero serrucho no tenía, y que si era lo mismo un rastrillo que se lo llevaran nomás, que hasta el jueves no lo precisaba.
— Lo que pasa don, es que tenemos que abrir puertas.
— Entonces rastrillo no sirve. Lo que ustedes necesitan es serrucho.
— Por eso le venimos a pedir.
— Sí, pero serrucho no tengo. El que puede tener es Paquidermo Grafito, aquí a media legua. Si van de mi parte y tiene, capaz que les presta.
Paquidermo Grafito les prestó, pero pidió que a la vuelta se lo trajeran porque tenía que serruchar temprano.
— A la vuelta me lo traen que tengo que serruchar temprano, les dijo.
Ya estaban cerca del rancho de Veoveo Festín cuando se acordaron del martillo. Pa no dir a molestar al mismo vecino le fueron a golpear a otro.
— Lo venimos a molestar pa ver si tiene un martillo que nos preste.
— ¡Mire si son horas de andar jodiendo con martillos!
— Los martillos no tienen hora.
— Pa pior, guarangos.
Como la caja de las herramientas la tenía abajo del catre la mujer se despertó.
— ¿Qué andás buscando, Pulga?
Les alcanzó el martillo y unos clavos, y allá salieron todos rumbo al rancho de Veoveo Festín. Llegaron cuando estaba aclarando, justo pa ver a la mujer saliendo por una paré pa echarle de comer a los pollos. De pura atropellada les tiró unos puñados a las visitas y en lugar de darle un beso al marido se lo dio a Rosadito Verdoso. Como Rosadito jamás había sido recibido con un beso, le regaló unos higos y la mujer se los tiró a los pollos.
El tape Olmedo opinó que pa evitar más atropellos, lo mejor era abrir puertas de apuro y pusieron manos a la obra. Le han abierto tantas puertas al rancho, que al final le dejaron cuatro postes sosteniendo el techo. Pa la tardecita, la mujer fue a salir, se llevó un poste por delante y techo al suelo.
Al tiempo Veoveo cayó por el boliche y le preguntaron por la mujer:
— Allá está, bien. La tengo como a una reina.
— ¿Con todas las comodidades?
— No, la tengo sentada

Julio César Castro

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