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sábado, 26 de enero de 2002

Atlantes

A dónde se va la vida? Eso es lo que me pregunto a veces, durante algún momento de esos en que las ideas incoherentes vagan a sus anchas por mi mente.

Sin embargo, en algún instante todo parecía brillante y claro. Definido.

Luego, el tiempo fue pasando, y la brillantez dejó paso a los tonos grises, que quizá hasta llegaron a convertirse en tinieblas, cuando la suerte fue declaradamente desfavorable. Y ya nada apareció de forma definida. Muchas, si no todas las cosas fueron desdibujándose, hasta el punto en que ya no se aprecia la vida como un flujo continuo, sino como una colección de momentos. Y aún éstos van borrándose hasta desaparecer. Y me pregunto, a dónde se van esos momentos que componen la vida? Por qué es tan difícil retener los buenos momentos y los buenos recuerdos, y sin embargo es tan sencillo verse agobiado por los otros? E incluso los buenos recuerdos parecen estar perpetuamente velados por una nube de humo gris azulado, viciado, que les quita cualquier rastro de tibieza, de amabilidad...

La vida es lo que te sucede mientras te empeñas en hacer otros planes, decía Lennon... sí, y qué? Se va de todos modos, y nadie parece saber a dónde...

Soy como un niño descuidado con los bolsillos rotos: todo lo pierdo... o no recuerdo dónde mierda lo dejé, que para el caso es lo mismo.

O tal vez sea como un pescador cuya red tiene un enorme agujero en el mismísimo centro: los peces llegan... y pasan de largo. Nada queda en ella, y al final de la jornada, nada queda en sus manos.

Junto con esto, llega el recuerdo del Akallabêth, esa visión tan particular de J.R.R. Tolkien del final de la Atlántida. La vida guarda alguna similitud con esto, sobre todo en lo más obvio: tanto la una, como la otra se van en algún momento.

Estoy, o el menos lo estaba, en la Atlántida, y todo estaba bien, pero era arrogante... Ahora llega el Akallabêth, diez años más tarde de lo debido, ya no hay una puta cosa que esté bien y estoy continuamente con la desesperante sensación de no saber qué carajo va a pasar con la vida, con este trozo de tierra que me sostiene... me hundiré con ella, o quedaré a flote? Y de quedar a flote, me verá alguien, algún otro sobreviviente, lo suficientemente a tiempo como para alcanzarme un salvavidas, o aunque más no sea, para decirme “adios, hermano”, y aliviar así la soledad?

A fin de cuentas, la maldita Atlántida era una isla... y es bastante poco agradable ver cómo se hunde el mundo y no saber hacia dónde correr... como una rata navegando sobre un cascajo en alta mar que esté a punto de sozobrar.

Todavía recuerdo, como si hubieran sucedido ayer, cómo eran las cosas, en la primavera de los tiempos, es decir, hace poco menos de una década, cuando la Atlántida todavía estaba a flote y en pleno auge. El mundo parecía pertenecerme a mí y a mi gente. Éramos los amos del tiempo, porque éramos eternos.

Al final, resultó que no. No éramos dueños de nada, ni siquiera del suelo que pisábamos. Al final, resultó que el mundo apenas nos toleraba en su superficie, y el tiempo era un charlatán usurero y ladrón, viejo y desdentado, que nos robaba con una mano mientras estábamos idiotizados mirando las cuentas de colores que sostenía en la otra.

Pero cómo podíamos saberlo? Cómo...? Estábamos en la Atlántida, che! Te das cuenta? Era Atlántida! Nuestro reino que duraría por los siglos de los siglos, ad infinitum, amén. Todo iba viento en popa. Luego un pequeño temblor o dos, y de repente... las aguas se retiran para alimentar una enorme ola hecha de oscuridad y ruina. En medio de la confusión y el caos, rodeados por un crescendo de destrucción, vemos desaparecer el suelo debajo de nuestros pies.

Chau, Atlántida! Brindo por eso!

Mis saludos al fondo de donde carajo sea que hayas ido a parar!

Y así naufragamos. Desapareciendo con ella. Nos fuimos con ella. Naufragamos y morimos con ella. Aunque no sepamos si el resultado sea hundirse o flotar, eso no cambia: naufragamos y morimos, aunque nos empeñemos en lo contrario.

Podían quitarnos la Atlántida, y con ella la inocencia que pudiera quedarnos... pero por qué también hicieron desaparecer la esperanza?

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